El otro día fuí a visitar a mi abuela, una mujer con larga vida y trayectoria, ella estaba de vacaciones en su apartamento con más de 40 años de historias, en la playa de San Juan-Alicante ¿donde va a ser sí no?.
Despues de refrescantes baños, en la mencionada playa, atiborrada de todo tipo de fauna humana, comimos, ese guiso de antaño que sabe a alimento de verdad y trás la obligatoria siesta de verano, nos dispusimos a despedirnos de la yaya.
El apartamento en cuestión, cuenta con una puerta automática para la salida y entrada a las cocheras, de esas que se cierran lateralmente, como una cizalla aterradora. Nos dispusimos a darle sendos besos a la abuela, dejando el coche justo en medio de la puerta dichosa, ” ¡¡Así con los sensores no se cierra!!”. Se empezó a mover el armazón de hierro y… ¡oye! que esto no para. GOLPEZATO !!!, dejando toda la puerta del coche abollada. Trás despertar a todos los vecinos (claro nadie tenía la llave que abría el mecanismo) forzamos la puerta pudiendo sacar el coche.
Moraleja, no te fies de las puertas automáticas. Actualmente en la sociedad que vivimos tenemos una dependencia total de las “maquinas”, de una forma u otra la técnología invade nuestro entorno llegando casi a la simbiosis con ellas, ya no resulta raro ver a los paseantes de cualquier calle con su iPod enganchado a las orejas o ver como la vida sin móvil no es vida. Ha llegado la hora de la revolución tecnológica y sólo estamos empezando. Los medios interactivos proliferan en internet y en otros dispositivos. Ahí queda la pregunta: ¿Para cuando una puerta interactiva publicitaria?. Todo se andará.
DINOS QUE PIENSAS!
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